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CAPÍTULO I

El descenso de Obatalá

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CAPÍTULO I
F
Soy Francisco Moreira Argüelles, Babalawo y autor independiente. Comparto enseñanzas, reflexiones y contenido basado en el camino de Ifá, con el objetivo de ayudar a comprender la vida desde una perspectiva espiritual clara y aplicable, facilitando la toma de decisiones con mayor conciencia. Mi objetivo es plasmar mis estudios y transmitirlos de forma clara y accesible, acercando la sabiduría de Ifá a personas que no están familiarizadas con esta cultura. Escribo desde la experiencia, no desde la teoría. Proyecto: “Yo solo soy el aprendiz”.

Hubo un tiempo en el que nada tenía forma.

No existían los caminos ni los ríos. No había árboles inclinándose al viento ni montañas capaces de guardar memoria. El tiempo parecía inmóvil, como si todavía no hubiera despertado del todo, y el espacio era apenas un silencio inmenso: una extensión sin nombre, sin mares, sin horizonte y sin la huella del ser humano.

Todo descansaba en una calma profunda.

Y en medio de aquel silencio primordial, Olodumare, el Supremo Creador, contempló el vacío.

No lo hizo con prisa.

No intentó llenarlo de inmediato.

Porque la verdadera creación nunca nace del apuro. Nace primero en la contemplación.

Olodumare pensó. Y cuando el Creador piensa, el universo entero escucha.

De ese pensamiento surgió una intención: dar forma a la vida. Convertir el silencio en mundo. Transformar el vacío en hogar.

Para aquella tarea sagrada llamó a uno de los Orishas más respetados:

Obatalá.

El anciano de la túnica blanca. El espíritu de la pureza. Aquel que camina con la serenidad de las montañas y la paciencia de las estrellas.

A Obatalá le fue confiada una misión extraordinaria: preparar la tierra donde la vida habría de florecer.

Olodumare colocó entonces en sus manos los elementos esenciales de la creación:

  • arena sagrada,

  • una gallina de cinco dedos,

  • el caracol que guarda el aliento de la vida,

  • y la hoja del árbol eterno.

Nada de aquello era casual.

Porque en Ifá nada existe sin significado. Todo responde a un orden invisible que sostiene el equilibrio del universo.

Sin embargo, antes de descender desde el reino celestial hacia el mundo aún vacío, había una condición.

Solo una.

Realizar Ebó.

Y aquí comienza la verdadera enseñanza.

Muchas personas creen que el Ebó es únicamente una ofrenda material. Pero su sentido más profundo va mucho más allá de aquello que puede verse.

Ebó es equilibrio. Ebó es conciencia. Ebó es humildad.

Es el acto de reconocer que incluso quien posee luz debe respetar las leyes invisibles que sostienen la existencia.

A veces el Ebó toma forma en el mundo visible. Pero otras veces ocurre dentro del espíritu: cuando una persona calla el orgullo, escucha antes de actuar y comprende que la sabiduría siempre debe caminar por delante de la prisa.

Obatalá escuchó la instrucción.

Pero dentro de sí apareció un pensamiento pequeño… aunque decisivo.

“Mi intención es pura”, pensó. “Mi luz es clara. ¿No bastará eso para cumplir la misión?”

Y casi sin darse cuenta, dejó a un lado el Ebó.

No por maldad.

No por rebeldía.

Sino por confianza en sí mismo.

Pero el universo se mueve mediante leyes profundas. Y cuando esas leyes se ignoran, incluso los caminos más luminosos pueden cerrarse.

Obatalá descendió.

Sin embargo, al intentar avanzar, los senderos no se abrieron. La claridad comenzó a desvanecerse y aquello que parecía seguro empezó a volverse confuso.

Porque en los cruces invisibles del destino existe un guardián.

Eshú.

El mensajero entre los mundos. El espíritu que abre y cierra los caminos.

Eshú observó lo ocurrido. Y sin el Ebó, los caminos permanecieron cerrados.

Obatalá tropezó.

Se perdió.

Y la creación quedó suspendida entre el querer y el poder.

No fue un castigo.

Fue una enseñanza.

Una enseñanza que continúa viva hasta nuestros días.

Porque también nosotros atravesamos situaciones semejantes. Tenemos talento, intención y deseos de hacer el bien. Pero incluso la intención más noble pierde fuerza cuando olvida la humildad.

¿Cuántas veces creemos que nuestras capacidades bastan por sí solas?

¿Cuántas veces actuamos sin escuchar?

¿Cuántas veces dejamos que el orgullo decida por nosotros?

Ifá recuerda algo esencial:

No basta con recibir bendición. También hay que respetar el equilibrio.

Obatalá no fue rechazado.

Fue enseñado.

Y esa enseñanza quedó como guía para todos los que vendrían después.

Entonces Olodumare, en su infinita compasión, llamó a otro Orisha:

Oduduwa.

Oduduwa escuchó.

Reflexionó.

Consultó.

Y realizó su Ebó.

No por miedo, sino por sabiduría.

Después descendió hacia el vacío. Y cuando la arena sagrada tocó la inmensidad, la gallina comenzó a escarbar. Sus patas extendieron la tierra allí donde antes no existía nada.

Así nacieron los valles, las montañas, los ríos y los mares.

Así nació la Tierra.

No desde la arrogancia, sino desde la humildad.

No desde la prisa, sino desde el respeto.

Yo Solo Soy el Aprendiz

Part 13 of 14

Una serie que recoge pensamientos, notas y reflexiones nacidas del estudio y la práctica dentro del camino de Ifá. Lejos de plantearse como enseñanza o doctrina, estos textos surgen como registro de un proceso interno: comprensión, cuestionamiento y evolución espiritual a lo largo del tiempo. “Yo solo soy el aprendiz” es una obra en desarrollo, donde cada palabra responde a la necesidad de ordenar, interpretar y dar forma a lo vivido, desde el respeto a la tradición y la honestidad del que sigue buscando.

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