CAPÍTULO VII ¿Qué es un Babalawo?

Un Babalawo no es solamente un sabio ni únicamente un sacerdote. Tampoco es un hombre definido por las ropas que viste, por los rezos que conoce o por el lugar que ocupa dentro de una ceremonia.
Un Babalawo es, ante todo, un guardián.
Un puente entre el cielo y la tierra. Entre la voz silenciosa de Olodumare y el corazón del ser humano.
No se convierte en Babalawo quien memoriza palabras ni quien repite enseñanzas vacías de comprensión. La verdadera iniciación comienza cuando una persona transforma su vida en servicio, cuando convierte su palabra en alivio y hace de su presencia una luz capaz de orientar a otros.
Por eso un verdadero Babalawo es primero un aprendiz.
Aprende de la vida. Aprende del silencio. Aprende de cada caída y de cada error que el camino le obliga a enfrentar.
Es humilde ante la sabiduría de Ifá, firme ante las dificultades y prudente frente al ego, porque sabe que incluso el conocimiento espiritual puede convertirse en soberbia cuando el corazón pierde equilibrio.
Ifá no entrega su conocimiento a quien busca reconocimiento.
Ifá entrega su sabiduría a quien está dispuesto a servir.
A sembrar luz sin esperar recompensa.
Entonces, ¿qué es realmente un Babalawo?
Es quien escucha más de lo que habla. Quien observa antes de juzgar. Quien sirve antes de exigir.
Es aquel que, aun teniendo conocimiento y autoridad, conserva la capacidad de inclinarse con humildad ante el dolor humano, porque comprende que cada persona carga batallas invisibles que los demás muchas veces desconocen.
También entiende que la sabiduría verdadera jamás termina. Por eso incluso el hombre más experimentado debe preguntarse cada día qué necesita aprender todavía.
Ser Babalawo no significa ocupar un lugar elevado por encima de otros.
Significa aceptar una responsabilidad.
Ser guía.
Ser apoyo.
Ser presencia.
Convertirse en alguien capaz de ofrecer claridad cuando otros atraviesan momentos de oscuridad y confusión.
El Babalawo no se exalta en sus aciertos ni se destruye por sus errores.
Camina, aprende, enseña y vuelve a comenzar cuantas veces sea necesario, porque comprende que la evolución espiritual ocurre a lo largo de toda la vida.
Cada consulta representa un compromiso sagrado.
No se trata únicamente de hablar o interpretar signos. Se trata de ayudar a otro ser humano a comprender con mayor claridad el camino que tiene delante.
El Babalawo trabaja con lo más delicado que existe:
el alma humana.
Detrás de cada pregunta existe una inquietud. Detrás de cada palabra vive una historia.
Por eso no juzga.
Acompaña.
No condena.
Orienta.
No se impone.
Inspira.
Y su verdadero poder no se encuentra solamente en aquello que dice, sino en aquello que despierta dentro de los demás.
Sin embargo, la enseñanza de Ifá no pertenece únicamente a quienes reciben el título de Babalawo.
Cada ser humano puede convertirse en guía de su propia vida.
Escuchándose con honestidad.
Corrigiéndose con humildad.
Y creciendo con conciencia.
Porque, al final, ser Babalawo no es solamente ocupar un lugar dentro de una tradición espiritual.
Es una manera de vivir.
Vivir con coherencia.
Vivir con respeto.
Vivir con conciencia.
Sembrando luz incluso en medio de la oscuridad.
Dice el Odù Ogbe Bara:
“El buen sol se reconoce desde el amanecer.”
Así también ocurre con el ser humano.
No por aquello que promete, sino por la manera en que vive. No por lo que anuncia, sino por aquello que demuestra con sus actos cotidianos.
El verdadero servidor de la luz no necesita proclamarse.
Se reconoce en su caminar. En su forma de tratar a otros. En la serenidad de sus palabras y en la verdad que transmite incluso cuando guarda silencio.
Porque cuando alguien vive verdaderamente en luz…
se nota.
Sin necesidad de decirlo.




