CAPÍTULO XIII El Destino

Existe algo que todo ser humano trae consigo desde antes de llegar al mundo.
Aunque muchas veces no pueda verlo.
Aunque a veces no logre comprenderlo.
Aunque en ciertos momentos termine olvidándolo.
Ese algo es el destino.
Ifá enseña que el destino no aparece de manera repentina ni nace del azar.
No es suerte.
No es casualidad.
Es una elección espiritual.
Una decisión tomada antes de que el alma descendiera a la Tierra para comenzar su camino entre los hombres.
Por eso cada persona nace con una dirección.
Con un propósito.
Con una parte de sí misma esperando ser descubierta y vivida.
Sin embargo, nacer con un destino no significa cumplirlo automáticamente.
Porque el destino también necesita ser cuidado.
Necesita respeto.
Necesita conciencia.
Y necesita decisiones capaces de sostenerlo a lo largo de la vida.
Hay personas que se alejan de aquello que vinieron a ser.
A veces por ignorancia.
Otras veces por orgullo.
Y muchas otras por distracción.
Sin darse cuenta comienzan a caminar lejos de su verdadera esencia, hasta que aparece una sensación difícil de explicar.
La confusión.
El vacío.
La impresión constante de no estar viviendo la vida que realmente les corresponde.
Porque cuando el ser humano se aparta de su camino… lo siente.
Aunque todavía no logre entenderlo.
Pero también existen quienes despiertan.
Quienes se detienen.
Quienes deciden hacerse preguntas profundas.
Y es precisamente en esa pausa donde muchas veces comienza el verdadero regreso.
El regreso hacia uno mismo.
Porque recordar el destino no significa únicamente descubrir qué debe hacerse.
Significa recordar quién se es realmente.
Recordar hacia dónde se dirige el espíritu.
Y recordar aquello que el alma vino a aprender, construir y entregar al mundo.
Por eso Ifá enseña que el destino no es una estructura rígida ni una línea imposible de modificar.
Es un camino vivo.
Un trayecto que puede corregirse.
Ajustarse.
Reconstruirse.
Pero jamás ignorarse sin consecuencias.
Porque ignorar el destino termina alejando al ser humano de sí mismo.
Y seguirlo exige valentía.
Porque el destino no siempre es fácil.
Pero sí correcto.
Y muchas veces aquello que es correcto obliga a dejar atrás lo cómodo, lo conocido y aquello que ya no pertenece verdaderamente a nuestra vida.
A veces el destino exige cambios.
Exige sacrificios.
Exige renuncias.
Pero también entrega algo que ninguna falsa comodidad puede ofrecer:
sentido.
Dirección.
Paz interior.
Quien comienza a caminar cerca de su verdadero destino suele reconocerlo no porque todo se vuelva perfecto, sino porque incluso las dificultades adquieren significado.
Incluso aquello que duele empieza a revelar enseñanza.
Porque existe claridad.
Porque existe propósito.
Porque existe camino.
Por eso Ifá enseña que la vida no consiste en correr desesperadamente detrás de lo que otros hacen.
No consiste en imitar caminos ajenos.
Consiste en aprender a escucharse.
A observarse.
A corregirse.
Y a avanzar con conciencia.
Cada decisión tiene peso.
Cada paso construye.
Cada elección acerca… o aleja.
Y nadie puede recorrer el destino de otra persona.
Nadie puede vivirlo por nosotros.
Nadie puede elegir por nuestra alma.
Ese camino pertenece únicamente a quien fue llamado a caminarlo.
Sin embargo, el ser humano no atraviesa la vida completamente solo.
Existen señales.
Existen enseñanzas.
Existen caminos que se abren para quien decide mirar con conciencia y avanzar con respeto.
Porque el destino no necesita gritar para manifestarse.
El destino se revela.
Y cuando finalmente se revela… todo cambia.
Cambia la forma de pensar.
La forma de actuar.
La forma de caminar por la vida.
Porque entonces el ser humano deja de avanzar por inercia.
Y comienza finalmente a caminar con intención.
Y quien aprende a caminar con intención… termina llegando.
Tal vez no rápido.
Tal vez no fácilmente.
Pero llega.
YO… SOLO SOY…
El Aprendiz.



