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Mi vision sobre Ofun Nagbe

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Mi vision sobre Ofun Nagbe

Oyá y los peces de colores

Oyá vivía en el recodo de un río. Era un lugar donde el agua avanzaba sin prisa y el entorno ofrecía abrigo, un espacio donde todo parecía encontrar su sitio sin esfuerzo. Un día, por obra de Olofin, comenzaron a llegar peces de colores. No llegaron por búsqueda ni por conquista; llegaron porque las condiciones eran propicias. El lugar los sostuvo y ellos, atraídos por esa armonía, decidieron quedarse.

Oyá, al contemplar su belleza, sintió el impulso inmediato de protegerlos. Empezó a cuidarlos con dedicación, con una entrega que pronto se volvió absoluta. No permitía que nadie transitara por aquella zona. Temía que los pescadores aparecieran y acabaran con aquello que había llegado de forma tan perfecta. Para evitarlo, permanecía atenta durante el día y vigilante durante la noche, como si el descanso fuera un lujo que no podía permitirse.

Con el paso del tiempo, el cuidado se transformó en sacrificio. Oyá dejó de comer, dejó de dormir. El cansancio se acumuló sin pedir permiso y su cuerpo comenzó a resentirse. Los nervios se alteraron, la mente perdió claridad y la calma que había dado origen a todo empezó a desaparecer. Aquello que había nacido como protección se convirtió en una carga constante, silenciosa, pesada.

En un arrebato nacido del agotamiento, Oyá maldijo a los peces que habían llegado a aquel lugar. No fue un acto de crueldad, sino el desborde de quien ya no podía sostener más. Poco después, se internó en el monte. Allí buscó silencio, descanso y la posibilidad de recuperar la salud, alejándose de aquello que, sin notarlo, había comenzado a romper su equilibrio.

Ifá muestra que no toda bendición llega para ser custodiada sin límites. Hay dones que aparecen cuando las condiciones son justas y se sostienen mientras exista armonía, no control. Cuando el cuidado se convierte en vigilancia permanente, deja de nutrir y empieza a desgastar. La primera responsabilidad es siempre con uno mismo, porque cuando el descanso se posterga y la atención se fija solo en lo externo, la claridad se diluye y la reacción ocupa el lugar de la elección.

Ifá enseña que las palabras pronunciadas desde el agotamiento arrastran consecuencias. No importa cuán noble haya sido la intención inicial: cuando el equilibrio se rompe, la palabra pierde su centro y genera ruptura. Decidir o hablar desde el cansancio y el miedo conduce a errores que pesan más que cualquier amenaza real. Por eso también se revela que retirarse a tiempo no es fracaso, sino corrección. Alejarse puede ser la única forma de restablecer el orden cuando aquello que fue un don se ha transformado en peso.

Tiene que estar fuerte la cerca por si halan el bejuco, porque los límites no se improvisan cuando la tensión aparece; se construyen antes. Cuando no existe una separación clara entre el deber y el desgaste personal, cualquier presión, incluso imaginada, provoca desequilibrio. La manteca de cacao se derrite y destruye la jícara que la contiene, y la cabeza se puede destruir igual, porque incluso lo valioso, cuando se acumula sin medida, termina dañando al recipiente que lo sostiene. El problema no es la abundancia, sino la falta de mesura al sostenerla. Y basta el pensamiento de un lobo para matar a una oveja, porque el daño no siempre comienza con la acción: a veces nace en la mente, se alimenta del miedo y termina afectando la vida antes de que nada ocurra.

Yo solo soy El Aprendiz…
y al recorrer esta historia empiezo a reconocer cuántas veces he sostenido más de lo que podía, creyendo que resistir era sinónimo de responsabilidad. Voy entendiendo que no todo lo que llega a mi vida necesita vigilancia constante, y que cuidar no significa agotarse. Aprendo que el cansancio no es una medalla y que descuidarme nunca fue entrega, sino desorden.

Empiezo a darle valor a los límites, no como muros que aíslan, sino como estructuras que sostienen. Acepto que retirarme a tiempo no es rendirme, sino corregir el rumbo antes de perderme. Voy comprendiendo que soltar también puede ser una forma de cuidado y que el descanso es una decisión consciente. Sigo caminando, aprendiendo a sostener sin romperme, a cuidar sin vigilar, a avanzar sin destruir aquello que me sostiene. Comprendo que el equilibrio no se impone, se construye, y que la verdadera fortaleza no hace ruido, pero permanece.

Yo solo soy El Aprendiz…
Oluwo Otura Ojuani — Awo Ifá Oma
Iboru Iboya Iboshishe — Moforíbalẹ̀ Ifá