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OFÚN NALBE Y BABALÚ AYÉ

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OFÚN NALBE Y BABALÚ AYÉ

Ofún Nalbe compartía morada con Babalú Ayé en una choza humilde situada en el límite del poblado, donde la tierra se inclina hacia el mar y el viento trae consigo el olor de lo antiguo. Aquel lugar no era solo refugio: era una oportunidad. Vivir junto a quien conoce el sufrimiento humano implicaba estar bajo una sombra protectora, pero también bajo una ley silenciosa de respeto.

Con el tiempo, Ofún Nalbe comenzó a descuidarse. Se dejó arrastrar por hábitos que erosionan lentamente la dignidad. Regresaba sin claridad, sin medida, ocupando un espacio que no le pertenecía como si todo le fuera debido. Invadía el descanso del otro, contaminaba lo que debía permanecer limpio y convertía el hogar compartido en un lugar incómodo, pesado, difícil de habitar. No lo hacía por maldad calculada, sino por abandono de sí mismo, que es otra forma de violencia.

Babalú Ayé le llamó la atención más de una vez. No con ira, sino con la firmeza de quien aún concede la posibilidad de rectificar. Pero cuando alguien pierde el sentido del límite, también pierde la capacidad de escuchar. Cada advertencia que no se atiende debilita el vínculo que protege.

Llegó un momento en que ya no quedaba nada que decir. Una noche, Ofún Nalbe regresó en el mismo estado de siempre y se acostó en la estera ajena como si el mundo no tuviera memoria. Babalú Ayé no discutió ni reclamó. Esperó a que el otro quedara completamente inconsciente, lo envolvió en la estera que tantas veces había sido mancillada y lo llevó hasta el borde del mar. Allí lo dejó caer. El agua lo recibió sin estruendo, como si ese final hubiera sido escrito mucho antes.

Así murió Ofún Nalbe: no en combate, no por un enemigo declarado, sino por haber destruido con su conducta el único lugar donde podía estar a salvo.

Ifá revela que hay conductas que expulsan a la persona de la protección sin necesidad de castigo explícito. El irrespeto constante convierte el refugio en un espacio inhabitable y obliga a los demás a tomar distancia, aunque esa distancia sea definitiva. No siempre se pierde por mala suerte; muchas veces se pierde por degradación acumulada.

También enseña que cuando alguien deja de gobernarse, su presencia deja de ser confiable. El desorden personal se filtra en todo: en la palabra, en las decisiones, en la forma de relacionarse. Lo que se tolera una vez puede perdonarse; lo que se repite sin cambio se vuelve insoportable. La paciencia no es infinita, ni siquiera en quienes encarnan la compasión.

La dolencia asociada a este signo apunta a lo que no se asimila correctamente. Aquello que entra sin control y sale sin transformación. Cuando lo interno se vuelve caótico, la vida exterior refleja ese caos. No es solo un mal físico: es incapacidad de procesar la experiencia, de contener impulsos, de convertir lo bruto en algo útil.

Ifá muestra además que nadie cae solo. Cuando una persona pierde el respeto por sí misma, compromete a todos los que conviven con ella. La paz de la casa se disuelve, los planes se estancan y el ambiente se vuelve denso, como si algo invisible pesara sobre todo. El peligro no viene de fuera: se instala dentro y crece en silencio.

Los antiguos dicen que la ruina empieza cuando se pierde la vergüenza ante el propio deterioro. Quien no se corrige a tiempo termina aislado, no porque el mundo sea cruel, sino porque su presencia deja de aportar orden y comienza a traer desgaste. Así enseña Ifá que la verdadera protección no se implora: se merece mediante conducta.

Yo solo soy El Aprendiz…
y al escuchar esta historia comprendo que hay pérdidas que no ocurren por destino ni por enemigos ocultos, sino porque uno mismo va cerrando las puertas que lo sostenían. Voy entendiendo que el respeto no es una formalidad, sino una fuerza que mantiene abiertas las oportunidades. Cuando se pierde, el mundo no se derrumba de golpe; simplemente deja de sostener.

Aprendo que la degradación nunca es repentina. Empieza con pequeñas concesiones a lo fácil, a lo excesivo, a lo cómodo, hasta que un día uno ya no reconoce en qué se convirtió. Comprendo que la protección no es un escudo permanente, sino una relación viva que depende de cómo se habita el lugar que se nos dio.

Yo solo soy El Aprendiz…
Oluwo Otura Ojuani — Awo Ifá Oma
Iboru Iboya Iboshishe — Moforíbalẹ̀ Ifá