Mi Vision Sobre Edibere

La memoria perdida
Por Francisco Moreira — Yo solo soy El Aprendiz
Había una vez un hombre dedicado al conocimiento interior. Su voz era buscada para orientar y aclarar caminos ajenos, pero dentro de su propio hogar la armonía nunca terminaba de asentarse. Las discusiones, los silencios y la tensión constante lo acompañaban como una sombra. Sabía mucho, pero algo esencial en él permanecía desenfocado.
Un día, la Vida —esa voz que siempre aparece cuando uno está listo para escuchar— lo llamó y le entregó tres virtudes capaces de transformar cualquier destino: tranquilidad, felicidad y estabilidad. Le indicó que debía proclamarlas en ese orden cada vez que llegara a un nuevo lugar. Serían su carta de presentación, su fundamento, su protección. Y para que no fallara, se le sugirió lo más simple: escribirlo.
Pero él confió en su memoria…
demasiado.
Pensó que jamás olvidaría lo que se le había dado. Decidió que su mente bastaba. Y así, dejó la enseñanza al cuidado del recuerdo, el lugar donde todo se distorsiona.
Pasó el tiempo, llegó la guerra, y la traición nació incluso dentro de su propia casa. Se vio obligado a huir, a buscar un nuevo comienzo en tierras desconocidas. En cada sitio donde se presentaba, la gente le preguntaba qué aportaba… y él respondía. Pero lo hacía al revés. Pronunciaba intranquilidad, infelicidad e inestabilidad.
No sabía por qué las puertas se cerraban.
No entendía por qué nadie lo recibía.
Pensaba que la suerte lo había abandonado, sin darse cuenta de que él mismo invertía cada paso que daba.
Cansado de tanto tropiezo, un día decidió regresar. La guerra había cesado y tal vez podría recuperar aquello que dejó atrás. Cuando confesó que las virtudes no habían funcionado, la Sabiduría Mayor le respondió con una calma que solo da quien conoce el fondo de las cosas:
“No falló lo que se te entregó. Falló tu memoria. Falló tu orden. Te presentaste al mundo con el mensaje invertido porque tú mismo lo repetiste al revés. Te lo advertí: lo esencial debe escribirse.”
Fue entonces cuando comprendió que su desgracia no provenía del destino, sino del olvido.
Que su caída no había sido provocada por enemigos, sino por su propia desorganización.
Que su palabra, pronunciada sin claridad, había moldeado su propia realidad.
Ese día entendió que nada importante puede dejarse flotando en la mente.
Escribir, organizar, fijar lo que sostiene el camino…
era el puente entre lo que quería ser y lo que realmente mostraba al mundo.
“El sacerdote escribe las historias para estudiarlas después.”
Yo solo soy El Aprendiz, y en este camino he descubierto que la mente nunca es un templo estable. Cambia con el cansancio, con el miedo, con la emoción o con la euforia. Y comprender esto me ha llevado a reconocer que el orden interior no llega por inspiración: llega por disciplina. Lo esencial debe tener un espacio propio, visible, estable. Debe ser anclado para no ser devorado por el ruido del día.
He aprendido que las palabras mal dichas tienen consecuencias.
Que un mensaje pronunciado al revés basta para cambiar un destino completo.
Que la claridad sostiene, el orden protege y la coherencia abre puertas que la improvisación siempre cierra.
Y he descubierto que escribir no es solo un acto práctico: es un acto de lealtad a uno mismo.
Es asegurarse de no traicionar lo que uno quiere llegar a ser.
Es, en esencia, la forma más honesta de caminar sin invertir el camino.
Yo solo soy El Aprendiz…
Oluwo Otura Ojuani — Awo Ifá Oma
Iboru Iboya Iboshishe — Moforíbalẹ̀ Ifá




