Yo Solo Soy El Aprendiz

Mi Visión sobre Iwori Koso
En este signo nacen la hipocresía, la envidia que persigue al comerciante y la ingratitud de quien muerde la mano que lo alimenta.
Nace la enfermedad que se acumula como agua estancada,
y nacen los chismes que se esparcen como voces que dividen.
Iwori Koso es pantano.
El palomo tropieza en lo turbio.
La cotorra repite lo que nunca debió decirse.
El follaje muerto alimenta la tierra,
recordando que incluso lo caído cumple un propósito.
Este signo respira con agua y con fuego.
El Agua
Sensibilidad, empatía y memoria.
Purifica cuando fluye, pero se vuelve sombra cuando se detiene.
Enseña a escuchar, a sentir con hondura
y a no quedarse atrapado en el rumor.
El Fuego
Acción, claridad y transformación.
Ilumina cuando se controla, pero arrasa cuando se desborda.
Enseña a actuar con decisión, pero también con medida.
El equilibrio de ambos es la enseñanza de este signo:
sentir profundamente sin ahogarse
y actuar con firmeza sin quemarse.
Cuando la raya de cola plumosa era indefensa, pidió un arma para sobrevivir.
Le fue entregada su cola en forma de látigo,
con la advertencia de usarla solo en defensa
y permanecer oculta en el fondo arenoso.
Pero al sentirse poderosa olvidó la advertencia.
Atacó al hombre.
Y el hombre la cazó con redes,
descubriendo el valor comercial de su piel.
Dice Ifá:
Los dones no son licencia para abusar,
sino responsabilidad que exige prudencia.
El poder sin sacrificio se convierte en trampa,
y la arrogancia termina abriendo la puerta a la derrota.
Por eso este signo recuerda que cada traslado no es solo un movimiento de pies,
sino un cruce del alma.
Antes de partir hay que rogar,
porque no es la tierra nueva la que bendice,
sino la manera en que llegamos a ella.
Porque hay que rogarle a San Lázaro cuando se va a trasladar de un lugar a otro
San Lázaro vivía en la tierra de los suyos.
Su cuerpo estaba lleno de llagas.
El pueblo lo rechazó.
Lo expulsó.
Nadie quiso mirarse en él.
En el camino apareció su hermano menor,
el fuego que nunca abandona.
Le ofreció refugio en otra tierra
y le dijo:
“Los que hoy te rechazan,
mañana vendrán a rogarte.
No vuelvas enseguida.
Deja que aprendan cuánto vale lo que negaron.”
El tiempo pasó.
Una epidemia arrasó la tierra de quienes lo habían expulsado.
La muerte rondaba en cada esquina.
El orgullo se quebró.
Y buscaron al hombre al que habían despreciado.
San Lázaro se negó al principio.
No por crueldad,
sino porque el perdón verdadero
nace solo cuando la soberbia muere.
El pueblo cayó de rodillas.
Golpearon la tierra con las manos.
Rogaron.
Lloraron.
Prometieron no levantarse hasta que él aceptara.
Y cuando la súplica se volvió verdad,
San Lázaro volvió.
Tocó lo enfermo.
Y lo transformó en vida.
El desterrado se volvió trono.
El rechazado se volvió raíz.
El olvidado se levantó como salvador.
Dice Ifá
Iwori Koso es un signo de contrastes.
El agua enseña a sentir, el fuego enseña a actuar.
Si uno domina al otro, la vida se rompe.
Pero cuando se equilibran, el destino florece.
Este signo advierte que la envidia persigue al que prospera,
que el rumor desgasta como veneno,
y que la ingratitud rompe los caminos.
Sin embargo, también enseña que la herida puede convertirse en semilla
y que lo rechazado puede ser la medicina del mañana.
“Lo que se anuncia, se vende.”
San Lázaro no proclamó su valor.
No se presentó como salvador.
Fue el tiempo quien reveló su grandeza.
Dice Ifá:
Quien muestra demasiado expone su fuerza a la envidia.
Quien guarda silencio deja que la verdad se manifieste sola.
Y cuando llega el momento,
nadie puede negar lo auténtico.
Dice Ifá:
No desprecies lo que no entiendes.
No hables mal de quien te sostiene.
No muestres con soberbia lo que apenas está germinando.
Porque el día menos esperado,
aquello que ignoraste será lo único que pueda salvarte.
Yo solo soy El Aprendiz.




